21 Abr 2026, Mar
Por Emilio Iosa

Hace unos diez mil años, terminaba el último período glacial del pleistoceno. La humanidad, es decir nuestros abuelos ancestrales, perdidos en los laberintos del tiempo y casi sin tecnología, se las arreglaron para sobrevivir.

En oscuras cavernas y reunidos alrededor del fuego, dialogaron desde la verdad, se escucharon, observaron, acordaron y cooperaron entre sí. Así, la humanidad entró en el holoceno, superando a aquel enorme dragón de hielo.

Luego, mitos y leyendas, recrearon una y mil veces de diferentes formas, la figura del dragón destructivo. Ese «fenómeno» que genera devastación y al que hay que vencer para sobrevivir.

Pero sólo en los últimos cien años, nosotros, los descendientes de aquellas familias que sobrevivieron al pleistoceno, hemos generado las condiciones para un calentamiento global.

El nacimiento de este “dragón de fuego”, se ha gestado en el corazón de una civilización que, escindida del silencio de las cavernas y montada en la energía inimaginable generada por los combustibles fósiles, se creyó soberana del orbe, olvidando un pequeño detalle: sólo somos una mínima parte de un ser global, vivo y complejo, que tiene más de 4500 millones de años.

Hoy estamos frente a este nuevo dragón que creamos. ¿Y quién tiene la culpa? Pienso que a esta altura ya no es cuestión de culpas. Lo que importa, es que para enfrentar a un dragón, siempre hubo que tener al menos una cosa: la convicción de vencerlo.

Volver a dialogar, a escucharnos y a escuchar el mensaje de la tierra, a observar y acordar, a cooperar entre nosotros poniendo la tecnología y la ciencia al servicio de la vida. La naturaleza es el camino.

Así, nuestros ancestros entraron al holoceno, superando al enorme dragón de hielo.

Y sólo así, superaremos a este nuevo dragón que hemos creado, antes de que vuelva a mostrarnos, (con la contundencia que acostumbran los dragones), lo vulnerables que siempre hemos sido.